No hay que ir al otro lado del mundo para sentirse lejos de todo

Nota por @fuerademapa

Siempre pensé que para desconectar de verdad había que subirse a un avión, cruzar un océano y aparecer en una playa de esas que Google te muestra cuando ponés “paraiso». Hasta que volví a Punta del Este.

Sí, volví. Porque no era la primera vez, pero esta fue distinta. Y no porque haya cambiado el destino. Cambié yo. Elegí viajar fuera de temporada alta. Me lo debía. Nada de multitudes, ni colas en el parador, ni cenas con reserva a las 19. Punta me recibió con otra energía: más calma, más aire, más espacio. Y eso, a veces, es todo lo que uno necesita. Me alojé en La Barra, en una casa que tenía más ventanas que paredes. Desde la hamaca paraguaya veía el mar y escuchaba… nada. Qué placer. Durante el día me hice el clásico circuito: caminata por la rambla, atardecer en Casapueblo, un almuerzo tranquilo en José Ignacio (sí, los precios son altos, pero el sabor lo vale), y alguna que otra visita a las galerías de arte que están escondidas entre los médanos. Mi favorita: Pablo Atchugarry, que no es solo una fundación, es un paseo entero. Uno de los días agarré la bici y me fui hasta el Puente Ondulado solo por el gusto de cruzarlo como un chico. La vuelta la hice sin apuro, parando a sacar fotos como si fuera la primera vez.

Tips que me salvaron el viaje:

  • Reservar auto si vas en temporada baja, porque los traslados no son tan frecuentes.
  • Llevar abrigo, incluso en verano: el viento en la tarde pega.
  • Probar el bizcocho de jamón y queso de Medialunas Calentitas. No es hype, es realidad.
  • Si podés, quedate al menos una noche en José Ignacio. El silencio ahí tiene otro color.
  Punta del Este no es exótica, pero tiene ese lujo silencioso que valoro más con los años: aire, espacio, mar y tiempo para uno. Y para mí, eso hoy es estar lejos de todo.

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