Lo confieso: reservé el viaje porque vi una foto en Instagram. Una playa con agua turquesa, cero gente, palmeras inclinadas como si las hubiese photoshopeado alguien con buen gusto, y una cabaña sobre la arena que parecía sacada de una película. El lugar se llamaba Nusa Ceningan. Sí, tuve que googlear cómo se decía. Spoiler: todavía no estoy seguro de pronunciarlo bien, pero tampoco me importa. Lo que viví ahí no se explica con palabras.
Nusa Ceningan queda en Indonesia, al lado de Bali, pero sin el lío de motos, gente haciendo yoga en todos lados y turistas corriendo por el contenido. Es como la versión slow luxury de Bali. Tranquila, con estilo, más barata de lo que imaginás, y con playas que son un escándalo. Me alojé en una villa frente al mar, con piscina infinita, desayuno en la reposera y masajes al atardecer. Literal. No estoy exagerando. El lugar se llama The Palms y me trataron como si fuera un rockstar que necesita vacaciones. A la mañana caminaba cinco pasos y ya estaba con los pies en el agua. A la tarde, cerveza artesanal local, y de noche… silencio. Un lujo. Pero lo mejor es que no es un lugar “de revista” solamente. Tiene alma. Alquilé una motito (por 3 dólares, posta) y recorrí la isla entera en una tarde. Puestitos con fruta recién cortada, chicos jugando en la calle, locales que te saludan como si fueras parte del barrio. Cero pose, cero estrés. Desde ahí también podés cruzarte a Nusa Lembongan (hay un puentecito amarillo muy fotogénico) o hacer snorkel en Nusa Penida, donde te cruzás con mantarrayas gigantes. Y cuando digo gigantes, digo “del tamaño de un Fiat 600”. No te voy a mentir: me costó volver. En Nusa Ceningan sentí algo que me pasa muy pocas veces viajando: no tener ganas de hacer check-out. No quería volver al ruido, al mail, al café apurado. Quería quedarme ahí, medio descalzo, medio feliz, sin reloj. Si estás buscando el próximo destino con mar transparente, cero masividad y una buena dosis de lujo relajado… no lo dudes. Andá. Aunque no sepas cómo se pronuncia.