Hay viajes que te quedan marcados en la piel y se convierten en parte de tu historia. Algunos me dirán que todos los viajes son así, y quizás funciona de esa forma para muchos, pero para mí, hay ciertos destinos que se convierten en un punto de inflexión en la vida. Bolivia fue uno de esos. Recorrí el país hace muchos años, en lo que fue quizás el viaje más lowcost de mi vida.
Pero no voy a hablar de lo que fue toda esa experiencia, sino en particular de La Isla del sol, donde, si sabes buscar, te vas a encontrar una vivencia natural como pocas.
Para llegar a La isla del Sol tenés que irte hasta Copacabana, donde hay varias embarcaciones que salen durante el día. Está situada en medio del lago Titicaca y dependiendo qué compañía tomes, podés llegar a la parte norte o la parte sur de la isla.
Cuando yo pasé por ahí solo había electricidad en la zona más turística que queda en la cima de las montañas que abarcan toda la isla. En aquel momento había un hotel azul, que era el lugar elegido por todos los turistas. Sin embargo, yo quiero hablar justamente de otro sitio, la casa de Don Tomás. No sabría decir si aún está ahí, si Tomás sigue vivo, o si el lugar sigue siendo lo que era, pero definitivamente las cuatro noches que pasé ahí son un hito en mis viajes.
Para llegar, había que subir hasta la cima del monte y bajar hasta la otra orilla. Se trataba de un par de habitaciones hechas de adobe y un baño (de adobe también) externo con una tapa en el suelo que tenías que levantar cuando ibas. Por decirlo de la forma más gráfica, todo se volvió parte de la naturaleza.
El lugar no tenía energía, ni ningún tipo de comodidades. Simplemente, unas camas, que compartían con los viajeros que fueran llegando y una mesa con algunas sillas. En la entrada, a metros de la orilla donde comenzaba el lago, un espacio para fogón donde cocinar y pasar las noches en plena oscuridad tocando la guitarra.
Una particularidad de la isla del sol, al menos durante cada día que estuve allí, es que los días son soleados, las noches cargadas de tormentas eléctricas y las mañanas heladas.
La primera anoche compartimos lugar con un grupo de alemanas y un chino, que, lamentablemente, se dislocó el hombro nadando y lo tuvimos en una de esas habitaciones durante toda una tarde y una noche (de muchísimas tormentas) en la que en medio del diluvio, una de las chicas fue hasta la cima de las montañas, al menos hora y media de caminata en medio de la nada, por senderos difíciles sin luz y llenos de barros, a buscar un médico. Horas más tardes, llegó un señor que, si bien no era médico, dijo que podía ayudarlo, pero tenían que esperar hasta que sea de día, ya que no había un médico en ese lado de la isla.
Otra particularidad de la casa de don Tomás es que podías alquilar un pequeño bote que tenía, por muy poco dinero, y ponerte a remar por el lago Titicaca. En aquel momento me pareció una gran idea, hoy debo decir que es muy peligroso que alguien sin experiencia se meta al lago, sin ningún tipo de seguridad, ni salvavidas, con remos de madera viejos y pesados, que son muy difíciles de manejar con la corriente que tiene el lago. Yo lo hice y salió bien, pero no es algo que podría recomendar.
El día que dejé la isla, más puntualmente la casa de Don Tomás, sabía que jamás volvería a vivir una experiencia así, y tenía razón.
Por eso, siempre recomiendo a quienes vayan a la Isla del Sol que si pueden, busquen este lugar y lo disfruten, porque es uno de esos momentos mágicos que te regala recorrer el mundo.