La primera vez que fui a París quedé fascinado por sus gárgolas. Uno espera muchas cosas de una ciudad tan conocida – Nueva York es el ejemplo perfecto – con tantos rincones universales que adornan fotos y postales. Sin embargo, a medida que avanzas en la escalonada visita a la catedral de Notre Dame, y vas descubriendo esas criaturas de piedra que se asoman expectantes de sus paredes, y vas encontrándote con el paisaje parisino mezclado con aquellas historias talladas, es imposible no obsesionarse con ellas.
París es la ciudad del amor, dicen, también la ciudad de las luces, para mí, París, es la tierra de las gárgolas, una condena a vivir eternamente asomados al vacío.

En 2019, cuando el mundo se despertó con la noticia de las llamas que envolvían Notre Dame, lo primero que pensé fue en sus gárgolas. Ya bastante castigo tienen, como para que ahora, su imposibilidad de escaparse las obligue a padecer el fuego que acechaba ese día, a uno de los mayores emblemas de París.
Por suerte, más tarde me enteré que la fachada donde se encuentran la mayor parte de gárgolas, no fue afectada, y que ellas siguen aún en pie, inmutables ante su importante misión: Expulsar el agua.
Si, leíste bien. Si bien muchos piensan que su rol era el de espantar a los enemigos, básicamente son canaletas que expulsan el agua de lluvia, para que no se acumule y preservar así al edificio.
Además, en la Europa medieval, las usaban como recordatorio para los parisinos que no sabían leer, de su obligación de asistir a la iglesia. Estos demoníacos seres acechaban sobre sus cabezas mirando con desdén y horror a quienes ignoraban sus obligaciones espirituales.
Sea como sea, ellas son un símbolo de París, y uno de sus atractivos más fascinantes. Descubrirlas en los techos de la catedral, tomar sus fotos con la torre de fondo. Ningún animal fantástico es quizás tan representativo de una ciudad en el mundo como ellas de su preciada capital francesa (bueno, quizás los dragones de Liubliana, pero nada más)
Algunas fueron retiradas con el tiempo, ya que con la erosión y el paso de los años comenzaron a correr peligro de derrumbe, y en su lugar vas a ver unos fríos caños de PVC que siguen exudando el agua de lluvia hacia el exterior.
Sin embargo, ellas son mucho más que eso, son el símbolo de la París oscura, de la peste, de las leyendas nocturnas que podés encontrar en muchos walking tours gratuitos dedicados a las historias de fantasmas. Por eso, no se puede ir a París sin visitarlas.