Viajar a destinos exóticos y aventurarse en lugares desconocidos siempre ha sido una de mis pasiones. Me encanta la emoción de explorar nuevos territorios y sumergirme en la belleza de la naturaleza. Sin embargo, cuando decidí viajar a la selva de Coroico en Bolivia ¡no sabía que iba a convertirse en una de las experiencias con más adrenalina en mi vida!
Si no escucharon jamás hablar de este lugar, les cuento que para llegar hay que atravesar el temido Camino de la Muerte, una famosa carretera conocida por sus acantilados profundos al costado de caminos de tierra muy angostos que son doble mano y por la que pasan autos, colectivos y camiones.

Antes de embarcarme en esta aventura, había escuchado muchas historias sobre el Camino de la Muerte. Sus estrechos senderos serpenteantes, el abismo a un lado y la falta de barreras de seguridad habían ganado una reputación temible entre los viajeros que íbamos cruzando por los hosteles, como El Carretero en La Paz, desde donde se va a Coroico, y al que volvían muchos viajeros que ya habían vivido la experiencia y que nos confesaban que jamás querían repetir eso. Nosotros estábamos a días de adentrarnos en esa aventura.
El día del viaje, estábamos todos tensos por las historias, tanto que no podíamos disfrutar del comienzo del recorrido rodeados de vegetación y cascadas. Un primer tramo relativamente tranquilo, hasta que llegamos al comienzo del famoso camino de la muerte. Las estrechas curvas y la ruta sinuosa se volvieron más pronunciadas, y al toque estuvimos al borde de precipicios que parecían no tener fin. Me acuerdo estar agarrados fuerte a los asientos cómo hace la gente en un avión con turbulencia.

Los buses son generalmente viejos y varios están bastante destartalados. En aquel entonces, la mayoría tenían las ruedas adentradas debajo de la carrocería y no al costado, de esa manera mientras las ruedas siguen en el camino, parte del bus pareciera estar suspendido en el precipicio. El conductor, un experto local acostumbrado a navegar por estas peligrosas carreteras, parecía tranquilo y seguro. Nosotros no.
Cada bache y cada giro brusco nos aceleraba el corazón. Más de una vez tuvimos que cerrar los ojos y el nudo en el estómago se hacía más y más grande. A pesar del miedo y los nervios, era imposible negar la belleza del lugar. A medida que nos acercábamos al final del Camino de la Muerte, un sentimiento de alivio y satisfacción nos invadía y empezábamos a soltar las típicas carcajadas de nervioso, de desahogo.
Finalmente llegamos al lugar y por supuesto que el miedo valió la pena cuando te encontrás con un paraíso así de increíble, pero esa es una historia para más adelante. En ese momento, lo único que pensábamos era que teníamos que volver por el mismo camino en menos de dos días.