Por
@santi.m.olivera
“¿Estás seguro?”, me dijo el encargado de una agencia de excursiones cuando le planteé mi idea de adentrarme por varios días en el desierto de Sahara. Me explicó que para realizar la travesía tenía que contratar dos dromedarios, camello de una sola joroba, porque era muy larga la distancia para ir caminando si no estaba entrenado. Después de más de cuatro horas de negociación logré cerrar un buen acuerdo: un guía, un dromedario y comida suficiente para varios días.
Al día siguiente, Mohamed, mi guía beréber y yo partimos al alba rumbo a
M’Hamid El Ghizlane, una pequeña ciudad de 7000 habitantes, situada al extremo sur de Marruecos, a pocos kilómetros de la frontera con Argelia. Nos esperaba un recorrido de un poco más de 100 kilómetros, que nos podría llevar entre ocho y diez días según las condiciones climáticas.
Comenzamos la caminata a las siete de mañana, con una temperatura de 30 grados, y recién paramos al mediodía, cuando el termómetro portátil marcó su tope de 40 grados, para comer y alimentar al dromedario. Nos situamos bajo un árbol y cortamos algunas verduras para hacer una autentica ensalada marroquí, con mucho ajo. Luego de tomar un descanso, volvimos a nuestra caminata hasta las cinco de la tarde para armar una pequeña jaima para dormir. A la noche el menú mejoraba notablemente, Mohamed tomaba unos trozos de carne que llevamos en una bolsa con sal y hornalla portátil acompañado por una ensalada.
Durante el recorrido con Mohamed nos comunicábamos por medio de señas y dibujos que hacíamos en una libreta. Fue un desafío convivir todos esos días juntos e intentar conocernos y adentrarnos un poco en la cultura del otro. Sin embargo, pude descubrir algo de su vida, su familia y aprendí algunas frases en árabe, y también pude contarle algunas cosas sobre mí.
Los días pasaban, el cansancio aumentaba y las ampollas se multiplicaban. El desierto no solo se nos presentó en hermosas y perfectas dunas de arena, también tuvimos que atravesar montañas rocosas, algunos precipicios y largas extensiones de tierra áridas. La rutina de la caminata solo se interrumpía cuando tomaba alguna fotografía, ya que por un instante me olvidaba del cansancio, los pies lastimados y el calor del sol y podía contemplar el paisaje. Luego, volvía a mi posición en la fila siguiendo a Mohamed y a nuestro fiel dromedario.
Los días pasaban y a nuestra caminata se sumaban algunas otras experiencias: amasar y hacer nuestro propio pan árabe en un pozo en la arena, aprender como mantener fresca una botella de agua, desmontar y armar la jaima rápidamente para las tormentas de arena.
El desierto te pone a prueba física y psíquicamente constantemente pero si quieren ver el cielo más estrellado que pueden imaginarse, dormir en una autentica jaima, sin internet ni nadie a muchos kilómetros de distancia no lo duden ni por un segundo.