Si algo que respira Buenos Aires por todos los poros son las milongas porteñas. Por lo general, los zapatos lustrados se mezclan con zapatillas deportivas de turistas inquietos que buscan un poco de argentina en una pista de baile. Sin embargo, hay un lugar donde la esencia de lo autóctono prevalece y el turista casi no llega. Y es ahí donde nace lo auténtico.
Hoy te llevamos a recorrer una noche en la milonga de barrio, esa que encierra generaciones de tangueros y tangueras manteniendo la tradición intacta para tirarse un paso más. Acompáñanos.
El barrio de Flores está frío y oscuro. Son las 12 y media de la noche y el silencio en la esquina de Ramón Falcón y Culpina no resulta extraño. Pero allí, a mitad de cuadra, donde los coches ya no caben y parece que no hay nadie, se esconde, tras un pasillo largo en el que el sonido muere, una de las milongas más importantes de la Ciudad de Buenos Aires. De la calle al salón, del silencio a la música, de la bufanda al sudor, del mundo al tango: Bienvenidos a La Baldosa, milonga porteña si las hay.
Desde hace poco mas de 15 años que la peña “El Pial” alberga uno de los secretos mejor guardados de la noche porteña. Olor a perfume rancio mezclado con rouge y bolitas de naftalina aromatizan el salón donde pibes de antaño, con los ojos dulces y brillosos y sonrisas picaras, «cabecean» papirusas sexagenarias de peinados altos, labios intensos y párpados dos turquesa, que ríen a carcajadas cuando algún zorzal criollo tira un chascarrillo al compás del 2×4.

Hasta poco después pasada la una de la madrugada, prima una eterna sensación de que el tiempo se convierte en algo estático y agobiante. Los viejos más viejos, esos que van cada domingo al mercado y que todavía mandan flores en vez de emojis y escriben cartas en vez de whatsapps, entran despacio y se van sentando en las mesas dispuestas alrededor de la pista de baile: un gran mosaico central (o “baldosa”, de ahí el nombre) levantada unos 10 centímetros por sobre el nivel del piso, donde rechinan suelas de goma, zapatos brillosos y algún que otro stiletto atrevido.
Pero a medida que la noche avanza, el aire se rejuvenece, las arrugas se estiran y las nalgas se ponen firmes como gimnasta de Rusia.
Así, esos cuerpos de vidas cansadas que prometían poco y parecían destartalarse en cada paso, ahora van tirando “barridas” por allí, “enganches” por allá y, entre “cuartas” y risas, van dibujando sobre la pista, con quiebres de cintura de jovencitas de 20 nacidas antes del 65, lo que ningún milenial ni centenial, con mas técnica que elegancia (esa que no se enseña en ninguna academia) logran imitar.
Los bastones quedan relegados al lado de las mesas y son las camareras las que ahora trastabillan al andar, esquivando decenas de parejas que se agolpan sobre la pista y no paran de moverse. El lugar es una fiesta y el salón ya no huele a Glostora vencido, ahora se respira tango.
Pero cuando el reloj marca las tres de la madrugada ya los menos jóvenes comienzan a abandonar el lugar. Sólo unos cuantos testarudos, con más espíritu que aire en el respirador, se quedan “ocheando” y “pisando” La Baldosa, aunque de fondo se escuche un Montaner o un Julio Iglesias que invitan a largarse de allí lo antes posible. Oscar y Nina son despedidos por todos y les toma una eternidad cruzar el salón hasta la puerta de calle.
Vuelven los bastones, los sacos de lino color polilla y los pasos destartalados de hombres eternos y mujeronas centenarias que se saludan con besos de labiales intensos que quedan marcados en mejillas y dientes.
La Baldosa encierra un ecosistema cerrado de especies propias en peligro de extinción. Y así se van todos, caminando despacio, del salón a la calle, de la música al silencio, del sudor a la bufanda, del tango al mundo, de La Baldosa a Buenos Aires: Gracias por venir.
HuyHasta la próxima pieza.