¡Croacia a primera vista te impacta!

Por @javigutierrezok

 

Podés pensar muchas cosas cuando te acordás de un lugar, yo de Croacia pienso en cigarrillos. Eran las 3 de la madrugada cuando llegué a la estación de Zagreb. Había temperaturas bajo cero y a mí me pesaba el cansancio de 15 días durmiendo en trenes nocturnos por el este de Europa. Era la primera vez que tocaba suelo Croata y sin embargo, lo único en lo que podía pensar era en un café grande y un lugar calentito para pasar las tres horas hasta mi próximo tren.

 

El único bar abierto tenía cuatro mesas en una habitación pequeña de 6 x 3. Adentro éramos nueve, contando el único camarero, un joven serbio de 23 años (el nombre nunca lo entendí). Allí dentro, con un desierto gélido del otro lado de la puerta, capaz de matar a cualquier mortal con sangre en las venas, y sin dinero local a mano, todos fumaban. Si, en Croacia la gente fuma y por eso yo pienso en cigarrillos. La gente fuma donde, cómo y cuando quiere y los demás estamos ahí para asimilarlo. No podía permitirme salir porque habría muerto congelado (post mortem más, post mortem menos), así que dejé unos cuantos años de mi vida en aquel barcito de Zagreb, pero valió la pena. Durante más de dos horas me contaron todo sobre sus vidas (entre cigarrillos, claro está) y parte de la historia del país. Uno de los fumadores me pagó el café. Yo le regalé un peso argentino de recuerdo. Luego me subí al tren y dejé la ciudad. La gente siguió fumando.

Mis primeras impresiones recorriendo las calles de Croacia me llevaron a los libros de Stieg Larsson y la mafia croata en Estocolmo. Esas novelas negras de la Suecia moderna me enseñaron a mirar, con instinto de policía corrupto, el mundo a mí alrededor. Caras toscas, llenas de marcas (en mi cabeza puñaladas fallidas de batallas entre clanes). Torsos poderosos y panzas cargadas de cerveza y aguardiente. Los ojos de la guerra y el olor a café quemado. Los ceniceros siempre llenos y las colillas por los suelos. A veces las calles están sucias, otras simplemente están. Recorrer sus sitios es admirar una fachada que pretende algo que no es. Y así, con un bar de fumadores y un sueco escribiendo libros, me fue más fácil no caer en el simplismo de entender a Croacia desde sus mapas de mil islas, sus playas paradisíacas o sus murallas medievales sacadas de los cuentos de princesas y dragones. En cada lugar de la Península de los Balcanes me hablaban de la guerra. Quizás así entendí los hoyos en los edificios, sobre todo en las calles de Zagreb que, a simple vista, lo sentí más Belgrado que Dubrovnik, pero eso tiene más que ver con uno mismo que con el lugar. Las historias de las guerras me ayudaron a entender su cultura, su mirada del mundo y la del mundo sobre ellos. Croacia es un sobreviviente en recuperación. Un soldado que durante el día lleva una vida normal y ocupa su cabeza para no pensar, pero cuando llega la noche la oscuridad le duele.

 

Me llevó un tiempo darme cuenta. Creo que recién lo logré la última hora que estuve en el país. Había vuelto a hacer trasbordo en la estación de Zagreb, sólo que esta vez eran las 2 de la tarde, el mundo estaba despierto y yo me fui hasta el McDonald’s de la otra cuadra. Nadie fumaba. Mientras comía una hamburguesa, pensaba en aquella primera madrugada en el bar de la estación. Las historias de la antigua Yugoslavia, los amigos que se pierden. Sólo entonces descubrí que esas tres horas fueron lo más auténtico que me llevaba de aquel viaje. Un camarero sin nombre y siete personas fumando en un cuarto de 6 x3. ¿Quién iba a pensar que el tesoro estaba enterrado en el punto de partida? (Además de Coelho, claro). Volví al bar de la estación y el serbio ya no estaba, la gente también era otra. Los pasajeros de la madrugada son distintos, casi como fantasmas solitarios, reflejos de uno mismo. Entonces me subí al tren y me aleje. La gente siguió fumando, creo…

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