Por @rulodeviaje
Existen dos clases de personas. Los que odiaron Hanoi y los que la amaron. Yo estaba en esta segunda clase y nunca supe muy bien por qué. Quizás saber que el regateo incesante y el avance de los vietnamitas iba a terminar cuando dejase el país me ayudó a tomarlo con un humor. Tampoco me molestaba el caos y el desorden. Porque yo soy un poco así. Me divertía el espectáculo, del mar de motos y sus bocinas y los extranjeros persignándose antes de cruzar la calle. El cardúmen de motos, que se entorpecían entre ellas, se rozaban los tobillos y se sobrepasaban en zigzag. Algunos llevaban cascos, otros viajaban de a tres en una moto y en algunos casos llegaban a ser cinco. Quizás eso era lo que más me gustaba de Hanoi. El caos. También me gustaba el olor a pan y a café, hábitos diferentes al resto del Sudeste. Había algo en su historia colonial que la acercaba a Sudamérica.
EL LAGO DE HANOI
Cerca del centro había un parque y allí un lago. El parque era circular y me gustaba caminarlo y ver como los arboles que llovían sus hojas sobre el lago. Me cruzaba a chicos que salían de la escuela, viejitos que paseaban lento y novios que hacían sus fotos de casamiento entre las flores. El parque no solo estaba alejado de los ruidos, las motos y los vendedores, sino que también me hacía acordar al Rosedal. Hanoi era distinta a China o Mongolia. Hanoi tenía algo que la acercaba a Buenos Aires. En la distancia del idioma y de los gestos, en la ropa y la arquitectura, había una línea fina que tendía un puente entre ambas capitales. Estaba sentado en un banco en el lago cuando me di cuenta que las dos habían sido colonia. Que eso nos unía y que era esa la sensación de familiaridad. La arquitectura implantada, la búsqueda de un orden externo y al mismo tiempo el espíritu de libertad. En las venas de Hanoi estaba impreso el ADN de otro pueblo, una lucha urbana y silenciosa, conservación y adaptación. Hanoi había logrado conservar su esencia y también adoptado lo ajeno como parte de su propia historia.
PIRATAS DE LA BAHÍA
Me llevé la botella a la boca y tomé de a sorbos largos hasta que dejé un fondo de reserva. Cuando uno raciona el agua, el último trago o el culito de la botella queda intacto. Se guarda y se calienta, pero por alguna razón lo dejamos ahí. Como si nos preparásemos para un Apocalípsis y esas gotas pudieran llegar a salvarnos la vida. Cerré la botella y la guardé en la mochila. Miré el conjunto de barcos torcidos como si fuesen piezas de lego desparramadas. Así duermen los barcos, pensé. Había pasado dos noches en la bahía y me pregunté cómo sería dar una vuelta al mundo en velero. Con el correr de los minutos bajé mis expectativas a cruzar de África a América por agua y en vez de llegar a Ezeiza entrar a Buenos Aires por el puerto. Un poco después me convencí de que recorrer algunas islas del sudeste y Oceanía eran un buen objetivo de arranque. Viajar y alcanzar sueños que parecían imposibles me había llevado a creer que durante el viaje podía hacer de todo. Había viajado en la cabina con los pilotos de un avión comercial en Suecia, me había hecho pasar por arqueólogo en Mongolia. ¿Por qué no seguir mi viaje por agua? Me dieron ganas de volver a leer Sandokan, de descubrir la magia del sudeste a través de sus mares. No sabía nada de navegación, cada vez que entraba al mar en Asia me daban miedo los tiburones y encima no me consideraba un gran nadador. Sin embargo, en esa colina que traía el viento salado de la bahía, entorné los ojos como un viejo lobo de mar, me acaricié la barba y tiré el culito de agua de la botella sobre una piedra. No había Apocalípsis. El futuro estaba en mis manos.